La guerra de las estatinas se recrudece: sin más transparencia todos perdemos

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Ayer se publicó un texto en The Conversation haciendo un balance de la llamada “guerra de las estatinas”. La esencia del debate es, recordamos: ¿tienen las estatinas más riesgos que beneficios cuando se utilizan ampliamente en la población general como recomiendan algunas guías?

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La polémica comenzó cuando en el año 2013 el British Medical Journal publicó dos artículos afirmando que los efectos secundarios de las estatinas eran mucho más altos que los señalados por los ensayos clínicos.

A principios de 2014, Rory Collins, profesor de medicina y epidemiología de la Universidad de Oxford y un líder en la investigación con estatinas, devolvió el golpe. Describió los dos artículos del BMJ como engañosos al señalar ambos sin matices que los efectos secundarios de las estatinas ocurrían en el 18-20% of las personas -un dato de un estudio observacional y, por tanto, con bajo grado de evidencia- y exigió su retirada.

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El BMJ solicitó que una comisión independiente evaluara si este error era suficientemente importante como para retirar los dos artículos; la comisión concluyó que simplemente había que matizar la afirmación y que las dudas sobre los efectos secundarios de las estatinas eran razonables.

La virulencia del ataque contra el BMJ fue interpretada por muchos (aquí el Editorial de NoGracias firmado por Juan Gérvas) como un intento de debilitar a la revista científica que con más valentía se está enfrentando al sesgo sistemático que los intereses comerciales están introduciendo en la ciencia biomédica y la práctica clínica.

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Este mes, The Lancet ha publicado una revisión sobre los efectos secundarios de las estatinas firmada por Rory Collins que pretende ser definitiva y que ha recrudecido la llamada “guerra de las estatinas”. Entre sus conclusiones un ataque al BMJ (algo inédito en publicaciones científicas):

“Es, por lo tanto, preocupante que las exageraciones sobre las tasas de efectos secundarios de las estatinas puedan ser responsables de su infrautilización entre los individuos con mayor riesgo de eventos cardiovasculares. En efecto, mientras que los casos de miopatía y los síntomas musculares son raros y se resuelven rápidamente cuando se interrumpe el tratamiento, las isquemias coronarias o los accidentes cerebrovasculares que pueden ocurrir si el tratamiento con estatinas se detiene innecesariamente, pueden ser devastadores”

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Y efectivamente, el artículo en The Lancet alude a un trabajo publicado en el BMJ que señalaba que la polémica pública sobre estatinas provocó el abandono del tratamiento de unas 200.000 personas, algunas de alto riesgo, y que en los próximos 10 años, previsiblemente, se producirían unas 2000 muertes que podrían haberse evitado si las esas personas hubieran seguido tomando las estatinas. (Comentamos, en su momento, ampliamente en NoGracias este texto y las reacciones de unos y otros)

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Pero el problema sigue siendo el mismo: no conocemos con certeza los efectos secundarios de las estatinas porque las revisiones, como la reciente en The Lancet, utilizan datos de ensayos clínicos que están “cocinados” por la industria (es decir, diseñados y amañados para sobreestimar beneficios e infraestimar efectos secundarios) y, además, obvian los resultados de los ensayos clínicos no publicados (y que, normalmente, son los que han obtenidos resultados que van en contra de sus intereses).

Es decir, los ensayos publicados y las revisiones realizadas con ellos, nos procuran una foto incompleta y además manipulada. No son creíbles.

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En todo caso, sería sencillo para la industria desactivar la polémica permitiendo que investigadores independientes accedieran a las bases de datos originales de los ensayos clínicos realizados con estatinas (los publicados y no publicados). La negativa de la industria a que esto sea posible no hace sino aumentar la sospecha de que más que una “guerra de las estatinas” lo que hay es un “timo de las estatinas”, como ya se demostró en el caso del Tamiflu.

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La editora del British, Fiona Godlee, tras la publicación de la revisión en The Lancet -y un comentario firmado por Richard Horton, editor de la revista, con afirmaciones falsas sobre el proceso de evaluación de la comisión independiente que juzgó los artículos del BMJ que iniciaron la polémica- ,pedía esta revisión independiente:

“Necesitamos un escrutinio independiente por una tercera parte de los datos de las estatinas para superar esta disputa cada vez más amarga e improductiva. Acabo de escribir a la “chief medical officer” de Inglaterra, Sally Davies, pidiéndole que solicite financiación para realizar una revisión independiente que analice todos los datos sobre las estatinas…; ninguna persona o grupo debe tener acceso exclusivo a datos que son tan importantes para la salud pública”

Por muy gallitos que se ponga Horton o Collins, la realidad es tozuda. Los ensayos clínicos financiados por la industria publicados no informan adecuadamente de los efectos secundarios de los fármacos.

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Este mes aparece una extensa revisión en el Plos Medicine que vuelve a demostrarlo.

El trabajo compara los efectos secundarios reportados en ensayos clínicos publicados en revistas científicas con los efectos secundarios de los mismos experimentos que se encontraron en documentos “no publicados” (sitios web de las agencias de regulación, registros de ensayos, informes conseguidos a través de contactos directos con la industria o los investigadores) o en la que denominan “literatura gris” (información electrónica no controlada).

Pues bien, los resultados son muy preocupantes: el porcentaje de acontecimientos adversos que se habrían perdido en las versiones publicadas respecto a los datos encontrados en documentos no publicados varía entre el 43% y el 100%, con una mediana de 64%.

Las conclusiones son claras:

Hay fuertes indicios de que gran parte de la información sobre eventos adversos no es conocida

Y, por tanto que:

Es imprescindible que la industria farmacéutica permita el acceso a los datos completos de los ensayos clínicos realizados con sus productos para que profesionales sanitarios, políticos y pacientes puedan obtener una imagen completa

Más claro, agua.

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CONCLUSIONES

(1) Los intereses comerciales y los conflictos de interés están minando gravemente la credibilidad de la ciencia y de los profesionales sanitarios.

(2) Esta situación está produciendo un enorme daño a la sociedad porque ciudadanos sanos acaban tomando estatinas sin poder hacer un adecuado balance riesgo beneficio (al no existir datos fiables), y porque pacientes que necesitan tomarlas dejan de hacerlo cuando se hacen públicas polémicas que no se darían si fueran posibles análisis independientes de los datos.

(3) La culpa del daño a las personas y la pérdida de credibilidad de la medicina, por tanto, no es de los que advierten que esto está pasando y exigen transparencia (como el BMJ) sino de los que, debido a sus conflictos de interés, aceptan como válida una ciencia sesgada. 

 

FUENTE: http://www.nogracias.eu/2016/09/29/la-guerra-de-las-estatinas-se-recrudece-sin-mas-transparencia-todos-perdemos/

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