La deriva de la psiquiatría puede ser una de las causantes del incremento del daño social debido a las enfermedades mentales

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Seguimos con el análisis de la obra de Cosgrove y Whitaker, “Psychiatry Under the Influence: Institutional Corruption, Social Injury, and Prescriptions for Reforms”, patrocinada por el Centro Edmond J. Safra de Ética de la Universidad de Harvard -dentro de su proyecto dedicado a la corrupción institucional- acerca de la conducta de la psiquiatría organizada norteamericana (la de la American Psychiatric Association como organización y la de los académicos e investigadores norteamericanos de la disciplina), por tanto, de la organización y los profesionales que han definido la atención a la salud mental en todo el mundo occidental en los últimos 35 años.

La corrupción institucional de la psiquiatría

La conceptualización de la corrupción institucional (nosotros la hemos traducido como “deriva institucional“) permite asumir que el extravío de esta especialidad en estas décadas -cuando aceptó colaborar con los intereses de las multinacionales farmacéuticas y buscar, en primer lugar, la propia expansión de su poder e influencia- no se debe especialmente a un comportamiento corrupto individual sino a haber aceptado participar en una “economía de la influencia” nada inocente y muy, muy poderosa.

Hemos repasado con Cosgrave y Whitaker como el DSM es una clasificación de las enfermedades mentales sin base científica que, en su momento, los años 80, sirvió para recuperar la iniciativa en un campo, el de los trastornos psicológicos, que estaba empezando a ser dominado por disciplinas no médicas y explicaciones causales no biológicas, alejando la especialidad del prestigio que otras especialidades médicas estaban adquiriendo gracias a la innovación científica. El mito del disbalance bioquímico como causa de las enfermedades mentales contribuyó de manera importante a consolidar este enfoque.

También hemos descrito la colaboración necesaria de la APA y de prestigiosos académicos y científicos de la disciplina en el desarrollo de ensayos clínicos tendenciosos, y en la difusión y promoción de nuevos medicamentos mediante publicidad sesgada disfrazada de recomendaciones profesionales.

De igual modo, hemos conocido las estrategias desarrolladas por la APA y los académicos de la psiquiatría para proteger y seguir expandiendo el mercado de los psicofármacos, analizando el caso del TDAH, en el que se han ocultado cuidadosamente los trabajos que demuestran unos peores resultados en el medio/largo plazo de los niños tratados con medicamentos respecto a los manejados con otros abordajes no farmacológicos, además de peligrosos efectos secundarios de los medicamentos estimulantes.

Para los autores, este comportamiento de la psiquiatría organizada, no solo ha dañado a la propia especialidad como disciplina científica, a la medicina como institución y a los pacientes y ciudadanos como víctimas, sino que ha generado un enorme daño social:

Nuestra sociedad, en los últimos 35 años, se ha organizado de acuerdo con la narrativa trasmitida por la APA, que está, en muchos de sus aspectos, manipulada. Nuestra comprensión de la base biológica de los trastornos mentales, nuestra utilización de psicofármacos, nuestro gasto en atención psiquiátrica e incluso nuestras políticas sociales, derivan de un marco conceptual que ha sido definido por los intereses corporativos de la psiquiatría y los económicos de la industria farmacéutica

Y continúan:

No solo es un daño a los aspectos biomédicos de los trastornos psicológicos (diagnóstico y tratamiento) sino también, de una manera más general, a la concepción de lo que significa ser persona. La narrativa trasmitida por la psiquiatría organizada a través del DSM acerca de cómo los diagnósticos psiquiátricos representan alteraciones cerebrales, se ha convertido en una nueva filosofía para comprender al ser humano; una filosofía que nos hace más débiles y vulnerables como sociedad

Sin consentimiento

Todo esto se ha llevado a cabo sin consentimiento, ya que la invención de los diagnósticos del DSM y la manipulación de los ensayos clínicos y de sus resultados, impiden que los pacientes puedan ser adecuadamente informados sobre las ventajas y desventajas de los psicofármacos o sobre la naturaleza de sus síntomas mentales.

Para una persona que solicita ayuda a un profesional es completamente distinto que su psiquiatra no tipifique los síntomas y no justifique ninguna causa orgánica de los mismos, a que le ponga un nombre de enfermedad y le comunique que es debida a un disbalance neurobioquímico que necesita ser solucionado mediante medicamentos, como la insulina trata la diabetes.

Dicho de otra forma: es imposible una decisión informada de un paciente al que etiquetan con un síndrome inventado, al que se trasmite la fábula de que dicho síndrome es debido a una alteración de sus neurotransmisores y al que se convence con la falsedad de que existe un medicamento que actúa solucionando dicha alteración bioquímica y, por tanto, su enfermedad, de una manera específica:

La literatura científica psiquiátrica esta sesgada de numerosas maneras. Los psiquiatras académicos con frecuencia han alquilado sus nombres para que figuren en artículos escritos por empleados de las farmacéuticas. Los datos de los ensayos clínicos pueden haber sido manipulados con el objeto de exagerar los beneficios del medicamento cuando la realidad es que ha fallado en lograr eficacia en variables principales. Las conclusiones anunciadas en los abstracts pueden ser discordantes con los datos o las tablas que aparecen escondidas en el texto. Las revisiones de los datos enviados a las agencias reguladoras revelan que los perfiles de riesgo y beneficio de los medicamentos son distintos a los que luego se trasmiten en forma de artículos científicos. Los resultados negativos en el largo plazo de la mayoría de los medicamentos utilizados en la actualidad no son comunicados a los médicos y a la sociedad con la suficiente claridad

La mayoría de las personas que han tomado o están tomando un medicamento psicotrópico, no han recibido una información equilibrada sobre sus ventajas e inconvenientes por parte de sus médicos ¿Por qué? Porque los médicos tampoco la tienen. La mayoría de los profesionales de la psiquiatría, o de otras especialidades que utilizan psicofármacos, son también damnificados de esta historia de manipulación y corrupción institucional de la especialidad

El daño a la sociedad

El “modelo de enfermedad” sobre los síntomas mentales que la psiquiatría organizada y la industria transmiten, se ha vendido como un importante progreso médico. Gracias a este modelo, epidemias antes no reconocidas -como la depresión, los diferentes tipos de trastornos por ansiedad, el TDAH o el trastorno bipolar juvenil- han podido ser detectadas y tratadas.

Si esta historia fuera verdadera, el daño causado por las enfermedades mentales en la sociedad tendría que haber disminuido de manera notable tras más de 30 años de tratamiento masivo de la población con psicotropos.

Pero esto no es así.

Más bien ocurre al contrario: el daño social de las enfermedades mentales es cada vez mayor.

Cosgrove y Whitaker nos dan un dato:

En 1987, el año en el que se introdujo el Prozac en el mercado, 1. 250.000 americanos entre 18 y 66 años estaban recibiendo ayudas sociales debido a trastornos mentales. Veinticinco años después, el número de personas recibiendo ayudas por esta causa se ha elevado a 4.200.000, a pesar de que el gasto en medicación psiquiátrica ha pasado en el mismo periodo de tiempo de 800 millones a 30.000 millones de dólares

La cuestión que debemos contestar como sociedad, reflexionan los autores, es si este increíble incremento del daño a las personas por causa de la enfermedad mental no podría estar producido por la propia actuación de la psiquiatría, que ha promovido campañas de sensibilización para incrementar los diagnósticos, debilitado los criterios para clasificar a las personas como enfermas y promocionado la utilización de peligrosos medicamentos, capaces de generar, cronificar y empeorar los síntomas mentales.

Los autores argumentan a favor de esta hipótesis mediante el análisis del cambio epidemiológico en los enfermos mentales severos:

Es claro que el incremento de las incapacidades debido a las enfermedades mentales es debido a un aumento del daño de la patología afectiva y no de las enfermedades psicóticas. Los viejos hospitales psiquiátricos estaban llenos de enfermos psicóticos: en 1955 había 355.000 personas institucionalizadas en los EE.UU de los cuales solo 50.937 tenían patología afectiva. En esos años, la depresión o la enfermedad maniaco-depresiva eran trastornos raros y episódicos… En 1980 la APA reconceptualizó la depresión y la ansiedad como enfermedades cerebrales que requerían tratamientos prolongados… En 2012 había 2,1 millones de norteamericanos que recibían una ayuda social por enfermedad mental invalidante debida a un trastorno afectivo: más del doble que las personas que recibían la ayuda debido a una esquizofrenia

El incremento de la utilización de los medicamentos psiquiátricos no parece deberse a unas condiciones sociales yatrogénicas sino a cambios en las prácticas prescriptivas médicas;

La prevalencia de ansiedad, depresión y abuso de sustancias entre los adultos pasó del 29,4% en 1990 al 30,5% en el año 2003. El pequeño incremento en el número de personas con estas alteraciones hablaría de una estabilización de los factores sociales estresantes. Sin embargo, lo que sí cambió de manera notable fue el porcentaje de personas con esos diagnósticos que recibían tratamientos: del 20,3% al 32,9%. Esto podría interpretarse como una buena cosa. Sin embargo, a pesar del importante incremento de personas tratadas durante este periodo de 13 años, el número de personas que recibieron ayudas sociales por invalidez debido a una incapacidad por enfermedad mental se dobló, pasando de 1.470.000 millones en 1990 a 3,250.000 en 2003

Habría, por tanto, aparentemente, una relación entre el incremento de personas tratadas con psicofármacos y el de personas con ayudas sociales por incapacidad secundaria a enfermedad mental, sobre todo, trastornos afectivos, antiguamente infrecuentes y de carácter episódico; y, estos datos, se confirman en otros países occidentales como Alemania, Islandia, Dinamarca, Suecia, Australia o Nueva Zelanda.

Enfermando a la infancia

Antes del DSM-III había muy pocos diagnósticos de enfermedad mental en la infancia. La construcción de un nuevo marco de interpretación del comportamiento de niños y jóvenes ha llevado a una epidemia de enfermedades mentales en la infancia y juventud:

El niño revoltoso de pre-escolar podría ser ahora diagnosticado de un “trastorno por oposición desafiante”. Los niños y las niñas de 5 y 6 años que encuentran aburrida la escuela podrían ser diagnosticados de TDAH. La adolescente con ánimo decaído podría ser diagnosticada de depresión, al igual que el muchacho demasiado hosco. Si esos síntomas se siguen de periodos de excitación, entonces podríamos estar delante de un trastorno bipolar. Los jóvenes mal educados o violentos son candidatos a recibir tratamiento con antipsicóticos para controlar su comportamiento

Todos estos diagnósticos con rango de epidemia ¿dónde estaban antes? Si existían y no se habían reconocido ni tratado, sería esperable que los resultados en términos de salud mental hubieran mejorado espectacularmente con el tratamiento masivo al que se ha sometido a esta población.

Veamos algunos datos que contradicen esta hipótesis:

– Entre 1996 y 2007, el número total de días de niños y adolescentes ingresados en hospitales psiquiátricos se ha elevado de 1.960.000 a 3.640.000

– En el año 2001, el US surgeon general David Satcher calificaba el incremento de diagnósticos psiquiátricos en niños y adolescentes como una crisis nacional de salud

– En el año 2002, Psychology Today informó en un artículo titulado “Crisis en el campus”  de el enorme incremento de estudiantes que tenían su primer episodio maniaco en los años universitarios, tras haber estado tomando antidepresivos en el periodo escolar

– En el año 2007 los investigadores informaron de que el número de niños dados de alta de un hospital psiquiátrico con diagnóstico de trastorno bipolar se había multiplicado por 5, entre 1996 y 2004

– En el año 2008, la US Governmental Accountability Office (GAO) informó que 1 de cada 15 jóvenes de entre 18 y 26 años tenían una enfermedad mental seria que limitaba de manera importante su funcionalidad

– En 1987 había 16.200 niños que recibían ayudas sociales por enfermedad mental incapacitante (excluyendo retraso mental) lo que suponía el 5,5% de todos los niños con ayudas por enfermedad. En 2011, el número de niños con ayudas sociales por enfermedad mental se elevó hasta 728.008, que es un 58% de todos los niños con ayudas por alguna enfermedad

La psiquiatría, que vende los avances terapéuticos y diagnósticos de las tres últimas décadas como un increíble paso adelante en la ayuda a los enfermos mentales, podría ser, a la luz de los datos, la principal causante de la crisis de salud pública que está viviendo todo Occidente en relación con el asombroso incremento de la incapacidad y el daño secundario a síntomas psicológicos graves.

Cada vez más diagnósticos y más tratamientos.

Cada vez más enfermos mentales graves.

Fuente: http://www.nogracias.eu/2015/09/23/la-deriva-de-la-psiquiatria-puede-ser-una-de-las-causantes-del-incremento-del-dano-social-debido-a-las-enfermedades-mentales/

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